Mientras la euforia popular desbordaba las calles bonaerenses para recibir a la Selección Argentina, el capitán Lionel Messi optó por un retorno silencioso a Rosario. Su llegada, apenas horas después del Mundial 2026, marca una distinción notoria en la dinámica de las celebraciones nacionales.
El astro, acompañado por Antonela Roccuzzo y sus hijos, aterrizó en el Aeropuerto Islas Malvinas. Lejos de la multitud, un ‘estricto protocolo de seguridad’ dirigió su aeronave a un ‘sector exclusivo y apartado’, un símbolo potente de la burbuja de privacidad que rodea a las figuras de su calibre global.
Este trayecto diferenciado, tras una breve escala en su residencia de Miami, lo llevó directamente a su finca en el ‘exclusivo barrio cerrado Kentucky Club de Campo’ en Funes, dentro del Gran Rosario. Una imagen clara de cómo las élites gestionan su espacio y tiempo, ajenos a la vida cotidiana de las mayorías.
La elección de Messi de separarse de la delegación principal, que sí recibió el fervor popular en Ezeiza, resalta la compleja relación entre el ídolo global y la ciudadanía que lo idolatra. Una muestra de cómo el poder económico y la fama permiten moldear la experiencia de figuras públicas, incluso en momentos de máxima cohesión social.
Su breve estancia en Argentina se enfocará en el reencuentro familiar, especialmente con su padre Jorge. Luego, el retorno a Inter Miami, donde lo espera su carrera en la Major League Soccer, un destino que subraya la globalización del fútbol y la concentración de talento en ligas de alto poder adquisitivo.
En Tucumán, como en el resto del país, estas imágenes nos invitan a reflexionar sobre las profundas asimetrías sociales y económicas. La llegada de Messi, privada y blindada, se convierte así en un espejo más de un sistema donde el acceso y el privilegio delinean realidades muy distintas, incluso para aquellos que nos unen en la pasión deportiva.
