Tucumán se posiciona como un polo emergente en el sector tecnológico, impulsado por iniciativas como RollingCode. Fundada en 2019 por Walter Juárez Rivas, Pablo Frías y Juan Guzmán, esta academia privada se erige como una respuesta a la demanda de desarrolladores calificados, un reflejo de las carencias estructurales en la formación pública.
La historia de RollingCode, nacida de la dificultad para encontrar talento local, subraya una paradoja. En lugar de potenciar la inversión estatal en educación tecnológica, la iniciativa privada asume la formación, capitalizando una necesidad del mercado. Hoy, más de 500 egresados encuentran su lugar en la industria, incluyendo una nueva sede en Buenos Aires.
Las historias de Franco Ruiz, Agustín Indarte, Nahuel Flores y Andrés Cuello son presentadas como “casos de éxito”. Sin embargo, estas trayectorias individuales, marcadas por la autosuperación y la búsqueda de becas o financiamiento, no deben ocultar la precarización laboral y la escasez de alternativas que empujan a muchos jóvenes hacia la promesa de la tecnología.
La posibilidad de acceder a trabajos internacionales sin emigrar es celebrada como el “sueño tucumano”. Si bien mitiga la sangría de talentos, también evidencia la limitada oferta de empleos de calidad en otros sectores de la economía local, consolidando la dependencia de la exportación de servicios.
La irrupción de la Inteligencia Artificial se presenta como un factor de empoderamiento, donde el conocimiento de base sigue siendo fundamental. Esta narrativa, promovida por referentes como Juárez Rivas, enfoca la responsabilidad en la capacitación individual, minimizando los debates sobre el impacto de la automatización en el empleo masivo y la necesidad de políticas públicas de adaptación.
El crecimiento “a pulmón” de RollingCode, sin grandes inversores iniciales, es un testimonio de resiliencia empresarial. No obstante, esta “virtud” también expone la debilidad de un ecosistema que carece de políticas de fomento robustas, financiamiento accesible y una visión integral del desarrollo tecnológico que no recaiga exclusivamente en la iniciativa privada.
RollingCode integra la escuela con un estudio de desarrollo (Studio) y un coworking, creando un circuito cerrado donde los egresados pueden ser absorbidos por proyectos propios. Esta estructura asegura una fuerza laboral adaptada a sus necesidades, generando valor para la empresa mientras ofrece inserción laboral a sus estudiantes.
La ambiciosa meta de formar 10.000 desarrolladores en el Norte argentino es loable. Sin embargo, surge la pregunta sobre quién asume el costo real de esta capacitación y si el “círculo virtuoso” que propugnan —egresados que luego fundan sus empresas— es accesible para la mayoría, o si solo beneficia a una élite con mayor capital cultural y acceso a redes.
La promoción de “50% OFF” para atraer nuevos estudiantes refleja una estrategia de mercado. Aunque busca “bajar la barrera de entrada”, también revela la lógica de un sistema educativo que opera con descuentos y ofertas, lejos de una provisión universal y gratuita que garantizaría el acceso sin condicionamientos económicos.
RollingCode representa un fenómeno importante para Tucumán, abriendo puertas a muchos jóvenes. Sin embargo, es crucial analizar estas dinámicas desde una perspectiva crítica, cuestionando si este modelo de desarrollo tecnológico, anclado en la iniciativa privada y la meritocracia individual, es realmente sostenible e inclusivo a largo plazo, o si, en última instancia, reproduce y profundiza ciertas desigualdades estructurales.
